Clichés
inesperados e inventados
Sentarse medio recostada en las sillas verde manzana de las Tullerías, con el cuerpo sin forma y los pies en la tierra hecha de gravilla, absorta en un seto cortado con precisión.
Tapar con una mano el brillo del sol sobre la piel blanca de tanta noche.
Entrever, entre el dedo corazón y el anular de esa misma mano, la luz atrapada con forma de diamante.
Levantar los párpados, pesados, porque la lengua extranjera empieza a ser piel.
Oler a Colette al aire fresco. Tres euros y medio invertidos en una librería de las Galeries Colbert.
Tener frío raquítico en la rue Charonne.
Dar la vuelta a los puños de la gabardina para esconder el desgaste y los hilos desordenados.
Que las puntas de la misma chaqueta, que rozan con el asfalto de la acera del Marais, te importen menos que las mangas.
Colocar las palmas de las manos, ahora despejadas de tanta ropa, contra el mármol frío de cualquier mesa de bar y provocar un calambre seco.
Ver caras y más caras, y que no te sorprenda ninguna.
Quemar el labio y la lengua.
Impostar la nada y presentar las vergüenzas, desinfladas de tanto esconderse.
Decir que no, hasta que decir que sí.
Casarse en París.



París siempre va a ser mi cliché favorito.